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Las verdades del Barquero

El Juli, otra obra maestra

Un capítulo más en un idilio de leyenda, el de Julián con los toros de Garcigrande y Domingo Hernández. Dos faenas en Valencia de particular categoría a dos toros de aire bastante distinto. La segunda de ellas, subrayada por su acierto, su gobierno, sus recursos y su inspiración. Faena tan rica por su técnica como por su originalidad

El toro de más bello remate de los cuarenta y cinco vistos en Fallas -cuarenta y dos sorteados y tres sobreros- fue un Delirio del hierro de Domingo Hernández jugado de tercero en la corrida del 19 de marzo. Castaño claro, según el programa oficial. 533 kilos. Lo llamativo de la estampa era, en primer lugar, el lustre. Parecía que el toro llevaba una capa de terciopelo bien peinado. No abundan en invierno toros tan lustrosos del campo de Salamanca.

Vientre castaño, pero amplias albardas, pardas y aparejadas. Como es común en los toros lombardos, pelo y pinta de cuello y cabeza eran castaños también. Las palas y el hocico, blancos. Armónica armadura, ligeramente tocado por delante. Muy finas las cañas, menudas las pezuñas. La imagen del toro de porcelana, que suelen ser frágiles, y este lo fue. No peleó en el caballo, pero se tuvo bajo el peto. Un picador tan certero como Tito Sandoval cobró en el segundo ataque un desafortunado picotazo caído. Un hilo de sangre sobre el manto pardo.