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La página de Manolo Molés

Ganaron el temple y la mirada

Sé que no le va a gustar pero es una verdad que conviene que se sepa o se recuerde. La Fiesta funciona gracias a un puñado de ganaderos, casi todos románticos, pero solo unos pocos pueden vivir del negocio; a una multitud de toreros, de los que empiezan y aprenden en las escuelas hasta los que viven a la intemperie de apoyos y consejeros, de los que están barruntando ya el llegar a la primera división, de los que se buscan la vida en las plazas duras de Francia, o en las montañas del Perú o en las provincias de México y de Colombia, de los que están en feria porque se lo han ganado, de los consagrados y los que vienen arreando, de los triunfadores de Madrid. Todo ese enorme escalón que va desde el sueño a la gloria, o el desencanto, tiene nombres y los utilizamos a diario. Como es lógico.

Hay un hombre, un personaje, que fue novillero pero que tiene el misterio, el don, la paciencia, la afición y el secreto de conocer al toro como nadie. Maneja con la precisión del mejor reloj suizo, o con el talento del mejor mayoral de campo o de plaza, al toro bravo y manso. Un hombre que vive y se desvive desde que Manolo Chopera, el Chopo más grande que tuvo el toreo en América y en Europa, le trajo de Talavera de la Reina a Madrid y le puso al frente de los corrales y algo más. Me refiero, claro, a Florito. El hombre que habla con los toros y con los cabestros. Con los hombres, solo con aquellos que después de mirarles y calibrarles le parece que hablan su lenguaje. Manolo Chopera lo trajo de mayoral a Las Ventas en 1986. Colgaba el traje de luces, había toreado con novilleros del nivel de Espartaco, Pepín Jiménez o Emilio Muñoz. Pero aquel Chopera, que como al Rey Sol no se le ponía nunca el astro rey, tenía plazas en España, muchas, en Francia, un puñado grande, en toda América, plazas regentadas por él y hasta ganadería de bravo. Chopera acertó. Luego llegarían los hermanos Lozano, Pablo, José Luis y Eduardo, familia taurina, que, cuando el aceite, que era el bien familiar, decayó en este país, se buscaron la vida casi veinte años trotando por Colombia. Ojo: José Luis hubo temporadas que dio en la Monumental de Bogotá hasta veinte festejos.

NO HAY MÁS TRATO Y LENGUAJE QUEEL QUE ACEPTAN LOS TOROS

Al llegar a Las Ventas, lo primero fue asegurar a Florito. Sabían que era clave en todo lo referente al ganado. Que ha dormido siempre con un ojo y un oído pegados a los movimientos de corrales. Y luego, algo increíble: su relación con el toro, su templanza, su dominio, su capacidad para manejar la parada de bueyes con rapidez y con finura. Sin espasmos, sin gritos, sin dureza, sin carreras. Todo con temple, voz baja, entrenamiento, conocimiento, “vivir y hablar” con ellos. Los terceros en llegar fueron José Antonio Chopera y sus socios; y luego casi solo. Lo primero que aseguró fue a Floro. Y en su despacho de Las Ventas solo tenía una foto: Florito, a hombros de novillero en Talavera. El público de Madrid ya sabía que Florito era una solución para la devolución de los toros. Y también para la llegada de los toros a la plaza, recibimiento y ducha, para el trato en los corrales, para ponérselo fácil a veterinarios y presidentes a la hora de aprobar o rechazar toros y tantas cosas que marcan al mejor mayoral de plaza que recuerda la afición. El cuarto habitante de Las Ventas fue Simón Casas y su socio de Nautalia. Ni una duda. “El hombre que le hablaba a los toros” era y es clave. En eso y en la elección de ganaderías, en la convicción de que en Madrid es mucho más fiable el cinqueño que el cuatreño (este año se ha visto), etc.

Hay un hombre, un personaje, que fue novillero pero que tiene el misterio, el don, la paciencia, la afición y el secreto de conocer al toro como nadie. Maneja con la precisión del mejor reloj suizo, o con el talento del mejor mayoral de campo o de plaza, el toro bravo y manso. Un hombre que vive y se desvive. Me refiero, claro, a Florito

El hombre que le hablaba a los toros ahora no necesita ya la voz. Ya no les habla. Ahora se entienden con la mirada. Y ahí, toros y mayoral, sí están por primera vez en idéntica condición; ambos pueden mirar. Y Florito lo ha logrado. No hay gritos, no hay más trato y lenguaje que el que aceptan los toros y los cabestros: sin gritos, la mirada, el temple, el conocimiento, la tranquilidad. Ese es el gran misterio de un taurino 10 y tengo la suerte de ser su amigo. Llegué a esa amistad por curiosidad como periodista. Ahora, cuando nos vemos, cuando nos damos un abrazo, tampoco tenemos necesidad de decirnos nada, sobran las palabras. Pero cuando hablamos de toros, ahí sí echamos el tiempo que haga falta… Había una película titulada así: “El hombre que susurraba a los caballos”. Pues hay otro, Floro, al que “los toros hablan con la mirada”. Es el gran secreto de Floro. Se acabaron los gritos. Ganaron el temple y la mirada. San Isidro ha sido una grandiosa feria. Tal vez la mejor desde

don Livinio. Y en el cuadro de honor hay catorce triunfadores incontestables. Pero hay dos que merecen ser recordados y que obvié en la larga, intensa y feliz lista grande. Dos valientes y dos heridos con premio: Juan Leal, sobrado de valor, y Gonzalo Caballero. Ambos con mérito, premio y dolor. Respeto a esa pareja.

EL TOREO ES MÁS GRANDE CUANDO SE CUMPLEN TODAS LAS REGLAS

La siembra de Madrid está llenando las ferias. De clásicos y de novedades: ese valor con sonrisa de Román, ese temple mágico de Aguado, esa madurez de Perera, esa escalada a la primera división de Ginés Marín, ese Rafael González, oreja de novillero. Y ese Fernando Plaza, que no se puede torear mejor al natural con la zurda y no se llevó ni un colín. Del Álamo y Simón, ese Rey llamado Roca, la resurrección de un grande: Ureña. Ya se va afianzando en la primera división David de Miranda. Qué justa es la vida ahora con Emilio. Ferrera es un extraterrestre de la torería astral. Y Currito Díaz, qué sabor. Y La Mancha tiene un maestro cuajado que se llama Eugenio de Mora. Y qué bella fue la tarde de Alicante. Roca Rey enloqueció a la afición y reventó la puerta grande. Qué bueno ver a Castella y a Manzanares sacando su orgullo de figuras. Lo del “solo” del solo de José Tomás -un grande- ha sido rentable. Pero el toreo es más grande cuando se cumplen todas las reglas. El sorteo y la competencia. Entre otras.