Aplausos
22 de septiembre de 2019, 21:12:06
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LA CRÓNICA DE BENLLOCH EN LAS PROVINCIAS


Toreo caro, toreo bravo

Emilio de Justo redondea una gran tarde en Valencia mano a mano con Román, que le dio réplica con una faena de valor puro y descarnado; la presidencia insiste en dar la nota

Por José Luis Benlloch


Miras la tabla de resultados y te crees que la tarde fue un fiasco. Una oreja suena a poco para los amigos de los números. Pues no es así, la tarde fue de las que cuentan y perduran. Afortunadamente el toreo no son matemáticas. El toreo son sensaciones, sentimientos y momentos de los que te encogen el corazón sin saber muy bien por qué. El toreo, la lidia en sí misma, son lecciones de vida para quienes quieran aprender. Incluye también absurdos imposibles de explicar, que le mantienen en pie y le blindan contra las modas. Dicho lo dicho me mantengo en que el mano a mano tuvo su historia. La peor tarde como la de ayer, a tomar viento las orejas pues. Tuvo sus momentos de gloria, hubo toreo caro, de alta escuela; también respuestas, arranques propios de torero macho, de aquello que demuestra que uno no va a la plaza a que nadie le pise la guitarra y saca adelante sus retos contra el viento y los malos recuerdos; hubo toros bravos e interesantes; por esta vez tampoco nos escapamos del patetismo mesiánico que con tanta frecuencia aflora en el palco de Valencia y de tantos otros; hubo inclemencia meteorológica que a punto estuvo de dar al traste con todo a cuenta de una guerra del poniente abrasador contra un levante que fastidió la asistencia del público y condicionó las lidias; y hasta hubo una muestra clara y evidente del sentir político social que vive este país con la plaza, más que dividida partida en dos, cuando Román, insistente en su sentido del protocolo, le brindó la muerte de su primer toro al ministro Ábalos en un punto y seguido a aquel célebre brindis que le dedicó en Madrid donde, curiosamente, encontró mejor acogida que ayer. Y hubo sentimientos desbocados y justos, lo que se merecía, en la acogida que el público le dispensó a Román, que prácticamente andaba de vuelta del otro barrio. Fu aparecer en la puerta de cuadrillas y la plaza comenzó a palpitar ovaciones. Fue un abrazo monumental, fue tal la devoción manifestada, que sentí por vez primera que a Román se le daba tratamiento no ya de figura, con lo importante que es eso para quien se calza las taleguillas en las principales ferias, sino de torero propio que vale mucho más.

Dicho lo dicho es evidente que no echamos la tarde en balde. Y si quieren, es obligado, le ponemos nombre sobre nombre a todo lo dicho. El toreo caro, la tauromaquia de arquitectura firme, la obra que surge de la estrategia oportuna en cada momento, eso es torear, la lidia no puede ser un libreto fijo, al contrario, exige improvisación y adaptación a la realidad, llevó la firma de Emilio de Justo. Ayer, con las cámaras de la tele proyectándole por todo el orbe taurino, me atrevo a asegurar que el extremeño se consagró. Hay figura, lo dejó patente en tres toros de distinta condición a los que entendió perfectamente. Fueron tres lidias de altos vuelos, a los que si cabe ponerle algún pero, algo hay que dejar para otro día, diría que prolongó en exceso su primer trasteo y evidentemente no mató bien a su tercero, que le hubiese abierto de par en par la puerta grande de la misma forma que no me gustó, a una figura no le puede suceder eso, que le bombardeen a consejos y voces desde el callejón. Como si el maestro no fuese él.

LA RESPUESTA DE ROMÁN

La respuesta de toreo macho llevó la rúbrica de Román en su primer toro. En realidad, un torazo, con carácter y poco picado, muy entero, con dudosas intenciones en su comportamiento, ante el que había que apostar. Apareció el pupilo de Montalvo con retranca, parado, midiendo a los lidiadores, cada arrancada la sopesaba y la medía como un francotirador que no quiere desaprovechar la munición. Cuando cogió la muleta Román nada era seguro. Todo estaba al albur. El toro defendía su territorio en el tercio. Ahí, en torno a las rayas de picar, era el puto amo. El montalvo apretaba hacia las querencias y gastaba a su favor el mucho carbón que guardaba. Nada que arredrase a Román, que le aguantó el reto, hasta que en un chispazo de clarividencia tiró del toro hacia los medios y cambió el signo de la pelea. Lo sintió el valenciano, notó que empezaba a ganar el duelo y se vino arriba, se quedó quieto, tiró de ambición incluso cuando el duelo estaba ganado y todo hacía pensar que era el momento de montar la espada ante un toro que no se acababa de entregar. Insistió en busca de la segunda oreja, eso es lo que distingue a los locos de los cuerdos, a los ciudadanos de los toreros, y la tensión en la plaza subió muchos grados. Misión cumplida. El gran triunfo estaba en la mano. O eso parecía cuando montó la espada y llegó, en el momento más inoportuno, un aviso desestabilizador, ¿qué gloria le aportó semejante mentecatez al toreo?... me pregunto. El clarinazo marcó un antes y un después. Román, hasta ese momento un héroe, se humanizó, se acordó de la tremenda cornada de Madrid en esa misma suerte, y entró en una crisis estoqueadora que le duró en ese mismo toro y en los otros dos que tuvo que estoquear. Es evidente que las cornadas necesitan de un alta hospitalaria y de otra alta mental. Pendiente de esa está Román. Nada que no pueda superar el valenciano. En su descargo hay que anotar su infortunio en el sorteo, además de ese toro, muy duro, se llevó dos imposibles, su segundo, que era el cuarto de la tarde, muy parado, y el último, brusco y desclasado, hizo en el último tercio lo que ya había hecho en varas, topar y defenderse.

EMILIO, INSPIRADO

El paso de Emilio de Justo por Valencia fue una sucesión de grandes momentos. El arranque de faena a su primero, en el que mezcló templanza y buen gusto, dominio y técnica, fue un aviso de lo que se avecinaba. Era el momento en que el poniente abrasivo daba paso a un levante de lo más perturbador para la lidia. No lo tomó en cuenta y fue sometiendo al montalvo, que tenía mucho que someter al punto que cuando le encontró los tiempos, ni muy seguidos ni muy espaciados, el natural surgió con dimensión de alto nivel. Solo el descabello le privó de cortar la primera oreja de la tarde.

Su segundo apareció como un huracán. Naturalmente levantó clamores por su actitud y por su estampa. Hay que adelantar que al toro lo ovacionaron en la salida y en el arrastre, para dejar claro que además de gran estampa tuvo excelente comportamiento. Embistió el toro, se inspiró el torero, que sobre la mano derecha se manifestó poderoso y muy inspirado con la izquierda. Los naturales de frente finales, a tomar viento las vulgares y cansinas bernadinas del momento, digo que aquellos naturales últimos ligados con un farol y uno de pecho de pitón a rabo para dejar al toro cuadrado deberían rescatarlos para presumir donde quiera presumir porque no se puede estar más dominador, más seguro, ni más torero. La estocada fue buena, seguramente tuviese un mínimo desvío, lo suficiente para que aflorase el mentado mesianismo y dejase el premio reducido a una oreja. El caballero de la cuestión concederá dobles trofeos con menos cartas y desde luego muchísimos menos méritos. Pero para entender lo de ayer hay que ser buen aficionado, no basta con ser muy aficionado. Una pena. En el quinto, De Justo volvió a estar a gran nivel pero en este caso se cerró él solito la puerta grande con la espada.

De la corrida de Montalvo, decir que lució gran presentación, alguno como el cuarto un peso exagerado, 610 kilos nada menos; el tercero fue un gran toro que, como viene siendo habitual, había sido cuestionado por la autoridad, y junto a primero y quinto fueron los de más toreabilidad. En resumen, más toreo que trofeos. Tampoco importa. O sí.

CRÓNICA PUBLICADA EN LAS PROVINCIAS EL 28/07/2019

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