Aplausos
10 de julio de 2020, 14:52:36
Opinión

Desde El Arenal


Sonidos de pasión y toros

Por Carlos Crivell


Esta Semana Santa será inolvidable por la ausencia de las cofradías en las calles. No lo será porque no reviviremos las emociones repetidas, aunque siempre nuevas, sino porque solo se vivirá en la memoria y en la imaginación. En todos los rincones del mundo, los cristianos celebraremos la pasión de otra forma diferente. Para los sevillanos supone un shock no poder estar en las calles con nuestras hermandades. En otros momentos se ha contado la íntima relación del mundo del toro con las cofradías. Todas las profesiones tienen una historia de amor con sus hermandades. No es algo privativo del toreo. Sin embargo, esta profesión, en la que el lidiador está tan cerca de la muerte, vive su fe de una manera distinta. El riesgo modifica muchos sentimientos. Toreros que se declaran agnósticos entran en la capilla a rezar antes del paseíllo.

Hay otra vivencia que quiero acercarles con estas líneas. En esta Semana Santa que vivimos como un sueño, volvemos a revisar todos los momentos de escalofrío marcados por la emoción en los rincones de la ciudad ante las imágenes de nuestra devoción. Es la fe de un pueblo que se manifiesta en la calle desde hace muchos siglos. Hay luz, color, olores y sonidos. Es la música de la Semana Santa. Este año no habrá marchas en las calles detrás de los pasos. No será posible volver a sentir las relaciones de la música de la pasión con el mundo de los toros.

No sonará Macarena, de Abel Moreno, que tiene sonidos del pasodoble Dávila Miura del mismo autor. Y ya que hablamos del compositor de Encinasola, solo reviviremos en nuestra memoria el paso de la Caridad del Baratillo a los sones de La Madrugá, a los pies de la muralla del Alcázar sevillano. El Baratillo, la hermandad de Morante, El Cid, Oliva Soto, Moeckel, la que forma sus filas sobre el albero de la plaza, es una hermandad torera, tanto como la de San Bernardo de Cúchares, los Vázquez y Diego Puerta.

En la plaza de Córdoba pude escuchar por primera vez una marca procesional en una faena de muleta. Fue un milagro. Los sones de Caridad del Guadalquivir acompañaron a una faena de Finito en un milagro de sintonía y coordinación. La obra de Paco Lola solo la podía firmar alguien con el toreo muy dentro de sus entrañas. No me gusta mucho que sucedan estas cosas de manera habitual, pero admito que ese momento prodigioso se quedó entre los mejores recuerdos del pasado año.

No sonarán en las calles las marchas de Emilio Cebrián, del que les pido que busquen los sonidos de Nuestro Padre Jesús, que se la dedicó al nazareno del Abuelo de Jaén, y seguro que encuentran notas taurinas entre tanta belleza. No es extraño, porque Cebrián compuso Churumbelerías y Rajón Falez, dos pasodobles de categoría.

No habrá sonidos de la pasión que en ocasiones nos evocan lances toreros. Soleá dame la mano, obra básica del repertorio de la Semana Santa, tiene aires taurinos. De todo eso se nos ha privado en estas fechas. Todo será simplemente un sueño. Por ello, les pido que sueñen y que se queden en casa.

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