BENLLOCH EN LAS PROVINCIAS
Foto: Antonio ViguerasFoto: Antonio Vigueras

Brutal Roca Rey, brutal el toro, brutal el público…

José Luis Benlloch
lunes 18 de marzo de 2024
Tarde apoteósica del peruano que cortó tres orejas y se lo llevaron en volandas; José María Manzanares cortó una oreja por excelente faena en una tarde en la que la plaza volvió llenarse

Brutal. Así se resumen las sensaciones de la tarde. Ya sé que no es término muy taurino pero me reafirmo en él, refleja perfectamente lo sucedido en la plaza. Brutal Roca Rey desencadenado; brutal el toro tercero de Jandilla, desbordante de bravura y nobleza; brutal el público que recuperó las viejas esencias de esta plaza, Valencia es así, generosa que no tonta, expansiva por mucho que la cretinez de algunos se empeñe en acallarla. Todo ello convirtió los momentos más álgidos de la tarde en un zarandeo apasionante y mutuo. Roca desatado, zarandeaba los tendidos, cada gesto, cada arranque de entrega, cada paso adelante, cada vez que el toro pasaba sometido o cuando le sacaba chispas a la taleguilla era un calambrazo en las entrañas del público; en justa correspondencia cada ovación, cada grito, cada declaración de amor, parecía comprometer más y más al peruano que nunca se conformó, de tal manera que ahora tú, ahora yo, la caldera de las pasiones hervía y hervía como se sueña que deben ser los triunfos de los toreros, como era en la Valencia más decisiva de su brillante historia taurina, diría que hasta justo antes de los secuestros oficialistas. Y qué decir del toro de Jandilla, Leguleyo se llamaba, que fue protagonista principal e imprescindible de aquella brutal ceremonia de pasiones desencadenadas, sin él hubiese sido imposible, fue bravo, noble, irreductible hasta donde le permitieron las fuerzas, guapo y con hechuras de las que enamoran previamente. No le perdonaron la vida porque para eso hay que ser generoso, bravo y noble además de sensible. Antes de rematar el párrafo, decir que a Roca se lo llevaron en volandas hasta el hotel.

Pasaron más cosas. La plaza volvió a llenarse hasta la bandera; el público llegó ilusionado y salió henchido y toreando; Manzanares cuajó a su primer toro, ejemplar serio, hermoso, armado y tan guapo como el que más, al que mató de un soberbio espadazo en la suerte de recibir, en el que de tanto atracarse el acero cayó levemente contrario, cuestión que a más de uno le parecería defecto cuando en realidad era la prueba de la pureza con la que se había ejecutado la suerte; no quiero olvidar a Talavante que en el recibo por faroles a pie firme dejó escuchar esos sonidos negros que acompañan a su toreo, que tan singular le hacen y tanto se echa de menos hartos como estamos de la vulgaridad y mimetismo contagioso que nos invade en el que unos se copian a otros sin pudor ni vergüenza; una ovación a las cuadrillas en general, de a caballo y de a pie, que sabiendo donde estaban y con quien se la jugaban buscaron el justo y acertado lucimiento, que al fin y al cabo ellos también tienen su corazón de torero; y no me olvido de la la banda de música, más que banda orquesta, de Montroy, que hizo honor a la tierra por mucho que por momentos pueda hasta robar protagonismo a los propios toreros, pero en una tarde como la de ayer caben todas las artes y ninguna se pisa; y hay que reseñar la entrada triunfal del presidente Mazón, del vice Barrera y del anfitrión Mompó. Más allá de siglas, digo que por una vez que lo oficial da la mano a los taurinos, hay que agradecerlo.

Abrió plaza José María Manzanares, de nazareno y oro, que en Valencia se encuentra en casa. La aparición del primer toro hizo presagiar lo mejor. Era toda una estampa, armónico, serio, cuajado y apretado de carnes. Hizo salida caliente acudiendo pronto a todos las suertes donde le llamaban. Una genuflexión del toro fue cogida con preocupación y disgusto e hizo que le midiesen el castigo no sé sí acertadamente teniendo en cuenta que además de las fuerzas se pica el carácter y luego lo acusó. Bonito por torero el arranque de faena del alicantino que se desarrolló templada, fundamentalmente sobre la derecha, con firmeza de pies, ligada y contra el viento que molestó lo suyo. Manzanares cuidó las destemplanzas y limó el carácter del jandilla. Le midió los tiempos para no atosigarle, ajustó las distancias y las alturas en una lección perfecta de geometría sin olvidarse del regusto al que le obliga la familia. Se diría pues que mezcló geometría, firmeza y torería, ligó y mandó, y los pases de pecho fueron rotundos por bien rematados. Del estoconazo ya les hablé y en su haber hay que apuntarle otro, este al volapié, en el deslucido cuarto.

GLORIA A LEGULEYO

Castaño chorreado, bien hecho y con la armadura necesaria para generar respeto, fue el importante Leguleyo, actor principal en la tarde para el que se pidió el indulto. Roca lo recibió por lances a pies juntos, parones de más vistosidad que regusto pero crecederos, tal que llevaron ese primer encuentro a la misma boca de riego. El toro, pronto, se mostró alegre, con una codicia que fue a más cuando lo fijaron. Acudió con entrega al caballo en el que le dieron lo que decidieron darle, sin atisbo de renuncia por parte de Leguleyo y si no le dieron más y más fuerte fue porque lo querían bien vivo en el último tercio. Si ese es el motivo del no indulto no es justo, solo los toros que correspondan a a los toreros más precavidos tendrán opción de ganarse la vida. Que pese quinientos kilos, querer darle muy fuerte en varas y que luego embista pronto y mucho en la muleta, es pedir un imposible o directamente joder el toreo.

Luego la faena arrancada en los medios y de rodillas tuvo un mínimo impasse de tono medio hasta que se fue definitivamente arriba y los naturales surgieron rotundos, hondos, largos y ajustados en extensas series que venían a proclamar que el torero no necesitaba oxígeno. Tampoco parecía necesitarlo el público que para entonces estaba tan desatado como el propio torero. Lo mató de media, el toro defendió su vida, otra señal de bravo, hasta el último aliento y solo se entregó en los mismos medios de la plaza. Era el último capítulo de una exhibición de bravura total. Leguleyo tuvo muchas, muchas cualidades para ganarse la vida (al final se la robaron) de tal manera que resultaba difícil encontrarle defecto aunque la agudeza presidencial debió dar con alguno. En su segundo, inconformista y ambicioso, Roca se fue a la puerta de chiqueros y si la faena no tuvo la finura de la primera sí tuvo orgullo, raza y categoría. Los bravos nunca se conforman.

Talavante fue el desafortunado del sorteo. Buscó el éxito con fe y entrega pero cuando no puede ser no puede ser y además es imposible. Aun así dejó retazos de su atractiva tauromaquia.

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