Aplausos
6 de abril de 2020, 10:08:19
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LAS VERDADES DEL BARQUERO


De Pamplona y punto

La suspensión de una corrida espléndida de Cebada Gago redujo el elenco de toros de San Fermín a cuarenta y dos. Dieciocho de ellos, casi la mitad, se movieron, pelearon y emplearon. No solo los previstos de hierros predilectos: Jandilla, Victoriano del Río y Cuvillo. También Miura -la mejor de sus últimas corridas-, José Escolar y la divisa novicia de La Palmosilla

Por Barquerito


En los carteles de las fiestas de Pamplona defi nales del XIX y primera mitad del XX convivían dentro de una misma pieza los anuncios de funciones religiosas, corridas de toros, conciertos, fuegos y otros reclamos varios. Casa Torrens, un colmado antiguo junto al soberbio templo de San Nicolás y reconvertido en tienda para gourmets, guarda una colección de carteles impecablemente preservados. En el escaparate estaban expuestos junto a las cosas del comer tres carteles de referencia: los de los sanfermines de 1919, 1929 y 1939. En las corridas constan los nombres de las ganaderías y de los toreros ajustados, pero no su calendario combinado. Herencia de la tradición: desde 1959 en los carteles de la Feria del Toro solo constan los hierros de las ganaderías.

Atento a las modas, el cartelismo de Pamplona recoge en cada caso el sello de su tiempo. El de 1919 se rige por el código del modernismo decó; el de 1929, por el canon del racionalismo cubista; el de 1939, fiestas tres meses después del final de la Guerra Civil, se atiene a las pautas del expresionismo nacionalista propio de la época. El cartel del 19, con la firma de Zubiri, impreso en la valenciana Litografía Mirabet, gana con ventaja a los otros dos. En tamaño, planteamiento, dibujo, colorido y luminosidad. Y en leyenda y claridad tipográficas.

El mismo año en que su hierro ganó antigüedad, el Marqués de Albaserrada lidió en sanfermines una corrida. La última de las cinco de 1919, el 11 de julio. Joselito y Belmonte mataron las cinco, y cuatro de ellas en terna. En tres, las de Vicente Martínez, Cándido Díaz y Villar Hermanos, con uno por delante, Agustín García Malla, el torero de Vallecas. En las dos restantes, y en la de Villar, que fue de ocho toros, dando entrada a un tercero llamado a glorias futuras como empresario genial y patriarca de una dinastía legendaria: Domingo González “Dominguín”, que se presentó en Pamplona.

Un bisnieto de aquel Dominguín que se anuncia Cayetano a secas ha sido el triunfador incontestable de los sanfermines recién celebrados. No tanto por las entregas o por el botín cobrado: cuatro orejas de dos notables toros de Núñez del Cuvillo, el segundo de los cuales, sexto de corrida, fue premiado con la vuelta al ruedo; dos faenas de sencilla, espontánea y firme compostura con chispazos y acentos de rancia torería no impostada. Dos estocadas de tirarse a morir, la primera de las cuales, salvando la barrera casi infranqueable de una prohibitiva cuerna playera, se cobró obviando la ley de marcar los tiempos y recurriendo al salto legítimo. El gran detalle de esa heterodoxa estocada fue salir Cayetano de la reunión con el engaño en la mano.

Cayetano ha sido el triunfador indiscutible de los sanfermines por dos faenas de sencilla, espontánea y firme compostura con chispazos y acentos de rancia torería no impostada. De fondo, el clamor del sol cuando proclama ídolo pagano a un torero

Tanto por eso como por su carisma, carente de gestos gratuitos. Nada de tomar puñaditos de tierra para besarla y dejarla caer entre los dedos como la de los relojes de arena. Ni reverencias ni ceremonias de teatro. Ni siquiera vueltas al ruedo de requetepararse a saludar aunque, obligadas, tuvieran de fondo ese inenarrable clamor del sol de Pamplona, cuando proclama ídolo pagano a un torero.

Las cinco corridas de 1919 fueron las cinco únicas en que Joselito y Belmonte alternaron un mismo año en Pamplona y con albaserradas. Belmonte fue herido por el segundo y Joselito mató cuatro toros. La muerte de Joselito en mayo de 1920 no dio lugar a repetición. Solo cincuenta días después, el 4 de julio, Agustín García Malla fue mortalmente corneado en la plaza de Lunel, feudo torista próximo a Nimes. El entierro de Joselito en Sevilla fue un acontecimiento nacional. El de Malla, cuyo cadáver fue trasladado de Lunel a Vallecas, un episodio de fuerza popular.

Atendiendo a detalles recogidos por Koldo Larrea en su “Historia taurina de Pamplona en el siglo XX”, el año 29 las corridas de toros fueron seis y no cinco. El encaste Saltillo, casta matriz de los albaserradas, estuvo representado por el hierro de Moreno Ardanuy. En el 39, solo cuatro corridas, debutó en sanfermines como ganadero Juan Pedro Domecq con el hierro de Veragua, pero con la vacada ya reconfigurada como encaste Parladé filtrado en la década de los 30 por los Mora Figueroa, los grandes decantadores del toro moderno.

De esa línea primigenia, solo que a escala mayor, fue uno de los toros de la última Feria que más encendidos elogios concitó: un primero de La Palmosilla de nombre Brujito, lustroso cinqueño negro zaíno, 500 kilos del ala, galope vivo de salida, un severo puyazo de meter los riñones -y un picador modélico, el salmantino Óscar Bernal- pero de salir escopetado al sentirse reclamado por un hueco, o por el resabio de la penúltima carrera del encierro en busca de corrales. Y una pelea en la muleta de menos a más, de más ágil viveza que agitado ritmo en principio, y de llamativa fijeza. La canción que los coros de sol eligieron una vez más como avatar de compañía para la lidia del primer toro fue el “No hay tregua”, de la banda pamplonesa Barricada. Nada más adecuado para la ocasión.

Los saltillos volvieron a San Fermín hace cinco años de la mano de José Escolar. Beneficiada por el contraste con la mayoría de ganaderías del tronco Domecq, la de Escolar se ha hecho con una de las ocho plazas de la Feria del Toro, tan ambicionadas

Aquel hilo de sangre Saltillo de 1919 y 1929 no llegó a tener continuidad en San Fermín. Las tres comparecencias consecutivas de Victorino Martín en 2005, 2006 y 2007 arrojaron un saldo desigual, sin sello privativo. Visto con la perspectiva del tiempo, suena profética una frase lapidaria de Victorino de hace un cuarto de siglo: “Ni a Pamplona le hago yo falta, ni a mí me hace falta Pamplona”.

Y, sin embargo, los saltillos volvieron a San Fermín hace cinco años de la mano y los toros de José Escolar. Beneficiada por el contraste con la mayoría de ganaderías del tronco Domecq, la de Escolar se ha hecho con una de las ocho plazas de la Feria del Toro, tan ambicionadas. La electricidad y la listeza del toro de Escolar, sus capas cárdenas, sus puntas afiladísimas, su viva expresión, sus fibrosos cabos, su mutante conducta, su agresividad o su entrega -depende-, su elasticidad tan singular y, en fin, su leyenda de casta antigua y diferencial, han hecho del toro de Escolar uno de los preferidos por los aficionados toristas de Pamplona, que son manifiesta minoría, pero minoría que se manifiesta sin medias tintas.

La corrida de 2019, de aire propio, desequilibrada por un deforme cuarto altísimo, cornipaso y geniudo y por el estilo incierto propio de toro pregonado del quinto, dio tres toros de son seguro y uno, primero de sorteo, interesante por lo difícil. El más mirón de toda la feria. Y tal vez de toda la temporada. Robleño, que le aguantó sin temblar todas las miradas, casi inquisitivas, podría explicar qué se le pasa a uno por el cuerpo en esos momentos interminables. Y todo pasó en el mismo platillo.

No hubo día sin toros gigantes. El primero del Puerto, el cuarto de Escolar, el cuarto de Jandilla, el primero de Victoriano del Río -las hechuras más singulares de toda la semana, un hermoso coloso-, el sobrero de La Palmosilla y el primero de Miura, que montaba por encima de las tablas cimeras de barrera. El bravo tercero de Miura fue el mejor rematado de toda la feria. Y, más o menos ofensivos, embistieron en serio y de distinta manera pongamos que docena y media. Dieciocho de cuarenta y dos. Casi la mitad. ¿Y los seis de Cebada Gago que volvieron a Medina Sidonia cuando después del diluvio escampó en la mañana del 9 de julio? Tenían cara de embestir… ¡los seis!

Fotos: JAVIER ARROYO

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